viernes, 30 de noviembre de 2012

Los hijos... esos grandes desconocidos.

Estos días que he tenido suficiente tiempo para reflexionar y compartir con mi marido y mi hijo, han sido muy gratificantes. Siempre es un placer dedicarte a la gente que comparte tu vida de forma directa... padres, hermanos, marido, hijos y por qué no, mascotas.

Los hijos... sobre este tema hay mucho hablado, mucho debatido, muchos libros leídos y que leer... pero lo que de verdad te enseña, es lo vivido, y en mi caso, no pude haber tenido más "suerte", puesto entre comillas porque no estoy segura si de verdad la suerte es lo que determina si un hijo es bueno, malo o regular.

Cuando un hijo nace, toda una gama de emociones se cierne sobre la madre: alegría, inseguridad, preocupación, incertidumbre, temor, debilidad, fortaleza... creo que las madres hemos nacido genéticamente preparadas para soportar tantos sentimientos a la vez. La cabeza no para de dar vueltas a partir de ese instante, pensando si cada paso que das, cada cosa que haces, está bien. ¿Le causaré un trauma si lo riño? ¿Lo volveré débil si lo beso demasiado? ¿Lo volveré inseguro si lo enfrento a la verdad?. Las respuestas no están escritas, porque cada persona es única, y los hijos son personas. Cada uno reacciona de modo distinto a las acciones de los padres.

Yo no he sido la excepción, y hasta ahora, que mi hijo ya es un adulto, sigo preguntándome si lo estoy haciendo bien, si algo que digo le molestará, si lo estaré aconsejando correctamente... y creo que a lo largo de su corta vida, no lo he hecho tan mal.

Claro que he cometido muchas equivocaciones, de las que después me he arrepentido, pero gracias a Dios no han influido negativamente... diría yo que no han dejado apenas huella en su personalidad. Pero por otra parte, le he dado valores, le he enseñado la importancia de una vida, le he hablado sobre lo bueno y lo malo, siempre según bajo mi punto de vista, y he guiado sus pensamientos hacia la bondad.

Mi hijo es mi orgullo. Es una gran persona, con buenos sentimientos. Sensible, humano, cálido, cariñoso, educado, maduro para su edad, de pensamientos muy profundos y un gran pensador. En estos días he podido comprobarlo y disfrutarlo.

Claro, tiene defectillos, pero... ¿quién no?. Además, ahora estoy mencionando lo que me hace sentir orgullosa de él... de sus defectos ya me acordaré cuando esté enfadada, jejeje.

Y llevando todo esto al plano personal, y teniendo en cuenta la cita bíblica que dice que "El buen árbol da buenos frutos", no sé si seré tan buena, pero si le he dado la sombra bajo la cual se ha amparado, le proporcioné los frutos de los que se ha alimentado, y he sido el tronco sobre el que se ha apoyado, y ha resultado así de bien... no... no debo ser un mal árbol.

Estoy segura que cuando le toque, él también será el árbol que cobijará a sus hijos... y no me cabe duda que como tal será fuerte, decidido, firme y a la vez dulce, afectuoso y protector.

Que mis ojos lo vean.

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