martes, 19 de marzo de 2013
No prejuzgar... no juzgar...
Cuántos malos entendidos se evitarían si antes de juzgar, nos pusieramos en lugar de la persona a la que juzgamos.
Cuántos disgustos nos ahorraríamos, si en lugar de prejuzgar, preguntáramos "¿por qué?".
La empatía puede producirnos mucho sufrimiento, es cierto. Ponernos en los zapatos de quien sufre es muy difícil, porque a su vez, nos causa pesar a nosotros mismos, lo sé por experiencia... pero al mismo tiempo ¡bendita empatía! que nos evita cometer errores hacia las personas, que nos evita emitir juicios de valor sin saber los verdaderos motivos de sus acciones.
También es cierto que hay personas cuya maldad hace casi imposible ejercer esa empatía, cuyas acciones no tienen justificación, pero aún a esas personas, cuando me han hecho daño, me he atrevido a preguntar "¿por qué?", y solo he obtenido el silencio como respuesta, tal vez porque no había un por qué, tal vez porque, como el cuento del escorpión y la rana, simplemente era su naturaleza. A estas personas hay que evitarlas a toda costa, alejarse de ellas como la peste. No merecen ni siquiera nuestro rencor, entre otras cosas porque, como alguien dijo "El odio es como un veneno que tomamos esperando a que la otra persona muera"... y no, no acepto que nadie me envenene con malos sentimientos. Esas personas ya recibirán lo que merecen... o no, pero es algo que no debe preocuparme, y de hecho, no me preocupa, al fin y al cabo todo llega cuando tiene que llegar.
Pero por otro lado, hay buenas personas que simplemente se dejan llevar por sus impulsos y por un enfado momentáneo. Alguna vez también me ha pasado, para qué negarlo, pero cuando el enfado se disolvía en el tiempo, y me enteraba de las razones por las que alguien hizo tal o cual cosa, me daba cuenta lo mal que habia hecho al prejuzgar, y me invadía un sentimiento de vacío y malestar nada agradable.
En mi más de medio siglo de vida, he aprendido muchas cosas, una de ellas es esa, a no dejarme llevar, a pararme a respirar hondo para no cometer errores, a no agredir cuando la ira, justificada o no, se apodera de mi. Cuando ese sentimiento llega, tarde o temprano pasa y se va, quedándome la satisfacción de haber sido más fuerte que él. Es ahi cuando una sensación de paz llena mi espíritu.
Si es cierto que hemos venido a este mundo a aprender, qué gran maestra es la vida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario